El día que la remesa deje de tener memoria
25 Agosto 2026 Affe Gutierrez 134
República Dominicana celebra récords históricos de remesas, pero parece no preguntarse quién enviará esos dólares cuando los hijos y nietos de la diáspora ya no tengan a quién, por qué ni para qué enviarlos.
Por Affe Gutiérrez
Santo Domingo. - Hace unos meses estuvo por Rinconcito Bohemio, uno de nuestros emprendimientos, el señor Alexis Santana, presidente de Audiovisual Concepts y productor audiovisual de los Premios Dominicanísimo, de Don Santi y su esposa, doña Milagros.
Días después, Sarah, mi esposa, recibió de ellos una invitación para entregar, el pasado 6 de agosto, un muy merecido galardón a Nelson Javier “El Cocodrilo”, reconociendo una larga trayectoria en los medios de comunicación y, especialmente, su defensa de quienes muchas veces no han tenido voz.
Y yo, casi sin haberlo planificado, terminé también en Boston.
Sentado entre el público, viendo a cientos de dominicanos disfrutar de una premiación extraordinariamente organizada, observando banderas, abrazos, música, nostalgia y esa particular manera que tiene el dominicano de convertir cualquier espacio geográfico en un pedacito de su país, una pregunta comenzó a darme vueltas en la cabeza:
¿Qué piensa hacer la República Dominicana con los hijos y los nietos de esa diáspora?
No con quienes salieron de Santiago, Baní, San Cristóbal, La Vega o Santo Domingo hace veinte, treinta o cuarenta años. Ellos todavía tienen memoria directa. Saben dónde está enterrado el abuelo, recuerdan el olor de la casa familiar, mandan dinero a la madre, construyeron una vivienda, mantienen un terreno, llaman a sus hermanos y posiblemente todavía dicen “voy para Santo Domingo” cuando en realidad van para cualquier punto de la República Dominicana.
Mi pregunta es por sus hijos. Y, sobre todo, por sus nietos.
Contamos los dólares, pero no estamos contando los afectos
La pregunta no es romántica. Es económica. El Banco Central informó que durante 2025 las remesas alcanzaron US$11,866.3 millones, un récord histórico. Su propia base estadística mantiene series mensuales desde 2010 y confirma hasta qué punto ese flujo se ha convertido en uno de los grandes soportes externos de la economía dominicana.
Y hay un elemento todavía más revelador: Estados Unidos continúa siendo, por abrumadora diferencia, la principal fuente de esos recursos. En octubre de 2025, por ejemplo, el 80.4 % de los flujos formales de remesas del mes procedió de Estados Unidos.
Por eso deberíamos comenzar a mirar la diáspora no solamente como fenómeno migratorio, electoral o consular, sino como un activo estratégico nacional.
En Estados Unidos vivían ya en 2020 alrededor de 2.2 millones de personas identificadas como dominicanas, según el U.S. Census Bureau. Nueva York concentraba 867,304, la mayor población dominicana de cualquier estado norteamericano.
No son dos millones únicamente en Nueva York, como muchas veces repetimos coloquialmente. Son más de dos millones en Estados Unidos, con una concentración extraordinaria en Nueva York y todo el corredor del noreste.
Y esa precisión estadística hace todavía más impresionante el fenómeno.
Estamos hablando de una comunidad con capacidad económica, política, empresarial, profesional y cultural propia. Una población que no necesita de República Dominicana para sobrevivir. En muchísimos casos ocurre exactamente lo contrario: República Dominicana recibe parte del fruto de su trabajo para ayudar a sobrevivir a familias que permanecen aquí.
Eso modifica radicalmente la relación política. La diáspora constituye un segmento particularmente difícil de someter a las formas tradicionales de intermediación partidaria dominicana. Su salario no depende de un ministerio dominicano. Su seguro médico no depende del Estado dominicano. Sus hijos estudian fuera del sistema educativo dominicano y su estabilidad económica se decide fundamentalmente dentro de otra economía.
Por tanto, su vinculación con República Dominicana es, sobre todo, afectiva, familiar, cultural e identitaria. Y precisamente ahí reside nuestra vulnerabilidad.
La primera generación recuerda; la tercera necesita razones
Quien emigró manda dinero porque dejó una madre. Su hijo puede mandar porque todavía tiene una abuela. ¿Pero a quién enviará dinero el nieto? Esta es la pregunta que deberíamos estar estudiando desde ahora.
La literatura internacional sobre remesas ha encontrado precisamente que la fortaleza de los vínculos con el país de origen familiares, propiedades, relaciones y otros intereses, está asociada con una mayor probabilidad de remitir recursos. Dicho de otra forma: la remesa no nace del aire. Detrás del dólar existe un vínculo. Y los vínculos también mueren.
Sería irresponsable afirmar que dentro de diez años desaparecerán las remesas dominicanas. Los datos actuales dicen exactamente lo contrario: están en máximos históricos. Pero sería igualmente irresponsable asumir que crecerán eternamente simplemente porque crecieron durante las últimas décadas.
Existe una diferencia enorme entre el dominicano que emigró y el norteamericano de tercera generación cuyo abuelo nació en República Dominicana.
Para el primero, República Dominicana es memoria. Para el segundo puede ser familia. Para el tercero tendremos que conseguir que sea pertenencia. Y pertenecer no se decreta.
De Boston a Manhattan
El día posterior a los premios el clima complicó la movilidad en buena parte del noreste estadounidense. Para ese fin de semana existían amenazas de fuertes tormentas y lluvias sobre distintas zonas de la costa Este y el noreste.
Alexis Santana ya nos había invitado a participar en la Parada Dominicana de Manhattan y, ante la incertidumbre aérea, terminé diciéndole a Sarah: “¿Sabes qué? Mejor alquilemos un vehículo y vámonos a Nueva York. Total, hoy probablemente no saldremos de aquí por aire y mañana habrá que ver”. Nos embarcamos entonces en un viaje por carretera que, entre lluvia, tráfico y condiciones adversas, terminó tomando alrededor de siete horas.
El domingo 9 de agosto estábamos en Manhattan. La Dominican Day Parade volvió a recorrer la Sexta Avenida, desde la calle 37 hasta la 55, en una de las manifestaciones públicas más importantes de la dominicanidad fuera de nuestras fronteras.
Allí, el destacado empresario Franklin Núñez, amigo de mi padre y con quien mantengo un vínculo prácticamente de padre e hijo, tuvo la gentileza de llevarnos a Sarah y a mí al área VIP. Y desde allí regresó la pregunta de Boston. Pero esta vez con mayor fuerza. Carroza tras carroza. Bandera tras bandera. Bocina tras bocina.
Me llamó poderosamente la atención la escasa presencia, al menos desde nuestra perspectiva y durante buena parte de lo que pudimos observar, de la música tradicional dominicana como protagonista principal: merengue, bachata y perico ripiao.
En cambio, una parte significativa de la energía juvenil vibraba alrededor del dembow y los exponentes urbanos. Y aquí quiero hacer una precisión fundamental.
El problema no es el dembow
Sería demasiado sencillo culpar al dembow. Y sería, además, intelectualmente perezoso. El dembow no está destruyendo la dominicanidad. El dembow es también producto de una dominicanidad determinada, urbana, joven, transnacional, digital y profundamente influenciada por Nueva York, Santo Domingo y las redes sociales al mismo tiempo.
Pretender que un muchacho dominico-americano de 17 años manifieste su dominicanidad exactamente igual que su abuelo de 70 sería absurdo. Las culturas que no evolucionan terminan convertidas en piezas de museo.
Mi preocupación no es que ese joven escuche dembow. Mi preocupación sería que solamente conozca el dembow. Que sepa quién es el artista urbano del momento, pero nunca haya escuchado conscientemente a Johnny Ventura, Fernando Villalona, Sergio Vargas, Anthony Rios, Juan Luis Guerra, Fefita la Grande, Joseíto Mateo o grandes figuras de nuestra bachata y música típica.
Y esto tampoco significa que tenga que escoger. Ese es precisamente el error. No tenemos que enfrentar el dembow con el merengue. Tenemos que conseguir que ambos coexistan y le hablen de República Dominicana. La batalla no debe ser contra los nuevos códigos culturales, sino contra la pérdida de la memoria.
Porque aquella multitud joven que bailaba música urbana seguía teniendo una bandera dominicana en las manos. Ahí está la oportunidad. Todavía existe el hilo. Lo irresponsable sería dejar que se rompa.
Una dominicanidad que a veces sobrevive mejor afuera
Hay otra paradoja. Muchas veces esa juventud nacida en Estados Unidos lleva una bandera dominicana en el vehículo, una cadena con el escudo, una camiseta de la selección, coloca la bandera en su apartamento o dice orgullosamente que es dominicana aun hablando un español imperfecto. A veces exhibe más simbología nacional que muchos de quienes vivimos, como suele decir el amigo Jonathan D’Oleo, “bajo cielo y sobre suelo quisqueyano”.
Pero debemos preguntarnos cuánto de esa identificación es sentimiento profundo y cuánto es identidad cultural heredada, moda, estética o pertenencia comunitaria. No lo planteo despectivamente. Todo lo contrario.
Una identidad que comienza siendo estética puede convertirse en conocimiento, afecto, inversión y compromiso si el Estado sabe cultivarla. El problema es que hasta ahora parecemos conformarnos con que el muchacho se ponga la bandera.
Yo quiero que además entienda lo que significa cargarla.
La política de Estado que hace falta
República Dominicana necesita dejar de administrar la diáspora desde una visión esencialmente consular, electoral y remesadora.
La diáspora no puede ser simplemente la gente que vota afuera, manda dólares en diciembre, paga un pasaporte y viene de vacaciones.
Necesitamos una verdadera Política Nacional de Vinculación Intergeneracional con la Diáspora Dominicana. Comenzaría por identificar especialmente a los hijos y nietos de dominicanos nacidos en el exterior y crear programas de inmersión cultural en República Dominicana: campamentos de verano, intercambios universitarios, rutas históricas, programas de español, visitas a provincias de origen familiar, prácticas profesionales, voluntariado, deportes y formación cultural.
Deberíamos facilitar al máximo el acceso de los descendientes de dominicanos a su documentación, ciudadanía, cédula y pasaporte cuando legalmente corresponda. También necesitamos convertir una parte de la relación económica de la diáspora desde la remesa de consumo hacia la inversión y el patrimonio.
Crear productos financieros dirigidos específicamente al dominicano del exterior; mecanismos de ahorro e inversión; facilidades hipotecarias; fondos para emprendimientos; acompañamiento jurídico y una ventanilla especializada para inversión de la diáspora.
Y sí: hay que estudiar incentivos fiscales y exenciones cuidadosamente diseñadas, principalmente para primera vivienda, emprendimientos productivos, retorno de profesionales, inversión tecnológica y proyectos generadores de empleo. No se trata de regalar privilegios. Se trata de competir por un capital que puede ir a cualquier otro lugar del mundo.
También debería estudiarse un esquema mediante el cual determinados recursos invertidos por asociaciones de dominicanos en proyectos comunitarios puedan recibir una contrapartida pública. Si una comunidad dominicana en Boston, Lawrence, Nueva York, Nueva Jersey o Providence decide financiar equipamiento para una escuela, un hospital, un parque o un proyecto productivo en su provincia de origen, el Estado podría multiplicar ese esfuerzo bajo mecanismos rigurosos de transparencia.
Pero ninguna medida económica sustituirá la dimensión cultural. Los consulados, INDEX, los ministerios de Cultura, Educación, Turismo, Relaciones Exteriores y las universidades deberían construir una agenda conjunta para la segunda y tercera generación. Y esa política cultural debe hablarles en su idioma.
Si para llegar hasta ellos hay que utilizar a un artista urbano, se utiliza. Luego ponemos a conversar a ese artista con el merengue, la bachata, el jazz dominicano, el típico, nuestra gastronomía, nuestros deportistas, nuestra historia, nuestros escritores y nuestro patrimonio. La tradición no se conserva escondiéndola de la modernidad. Se conserva consiguiendo que la modernidad la haga suya.
Menos fotografías y más estrategia
También hay que escuchar a esa generación. No basta con que funcionarios dominicanos viajen a Nueva York, hagan una actividad, entreguen reconocimientos, se tomen fotografías y regresen a Santo Domingo.
Hay que preguntarles a los jóvenes dominico-americanos:
¿Qué significa República Dominicana para ustedes? ¿Qué los haría visitar más? ¿Qué les impide invertir? ¿Por qué algunos no buscan su ciudadanía? ¿Qué conocen de nuestra historia? ¿Qué percepción tienen de nuestras instituciones? ¿Qué les gustaría recibir de República Dominicana que no sea simplemente un discurso patriótico?
Ese estudio debería repetirse periódicamente en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Rhode Island, Florida, Pennsylvania y otros centros importantes de nuestra diáspora. Porque mientras nosotros discutimos cómo era el dominicano que emigró, el dominicano que nació afuera está construyendo una identidad nueva sin pedirnos permiso.
Nueva York ofrece una evidencia formidable de esa transformación. El informe Newest New Yorkers 2026 confirma que República Dominicana continúa entre los principales lugares de nacimiento de la población inmigrante de la ciudad y que dos tercios de los habitantes neoyorquinos son inmigrantes de primera o segunda generación.
Hay una batalla mundial por talento, inversión, turismo, afectos e identidad. Y nosotros tenemos una ventaja extraordinaria: millones de personas que todavía quieren tener algún vínculo con nosotros. No deberíamos desperdiciarla.
El verdadero riesgo
Quizás nuestro problema es precisamente que las remesas están rompiendo récords. Cuando una cifra crece año tras año produce tranquilidad. Y la tranquilidad muchas veces impide anticipar el peligro.
El Banco Central contabiliza correctamente cuánto dinero entra. Pero ninguna estadística monetaria puede decirnos cuántos niños dominico-americanos dejaron este año de hablar español, cuántos nunca han visitado República Dominicana, cuántos no conocen el pueblo de sus padres o cuántos llegarán a la adultez sin tener una sola razón económica, familiar o emocional para mantener contacto con este país.
Estamos midiendo la remesa, pero no estamos midiendo la memoria que la produce. Ese es el problema. Durante décadas, República Dominicana ha recibido una extraordinaria manifestación de solidaridad de sus emigrantes.
Gente que trabajando doce horas manda cien dólares. Que paga alquiler en Nueva York y una casa en Santo Domingo. Que mantiene una madre. Que educa un sobrino. Que construye una vivienda a la que quizá nunca regrese definitivamente.
Es prácticamente una contribución voluntaria y permanente al sostenimiento económico y social del país. Pero no existe ninguna ley genética que obligue a sus descendientes a continuarla.
El día que aquel envío deje de ser la responsabilidad moral de un hijo con su madre y pase a depender de la decisión económica de un nieto nacido en Estados Unidos, la pregunta será distinta: ¿Qué le ofrece República Dominicana para que todavía quiera mirar hacia aquí?
No esperemos tener que formularla cuando las remesas comiencen a bajar. Formulémosla ahora que alcanzan récords. Porque la diáspora dominicana no necesita solamente un consulado que le renueve el pasaporte. Necesita un país que le recuerde que también tiene una casa.
Y República Dominicana debe comprender, antes de que sea tarde, que las remesas pueden contabilizarse en dólares, pero la pertenencia se acumula en recuerdos. Si dejamos desaparecer los segundos, tarde o temprano comenzaremos a perder los primeros.
Finalmente, quiero agradecer las atenciones y el trato exquisito que recibimos de Santiago Matías (padre), doña Milagros y Alexis Santana, así como de quienes hicieron posible nuestra participación tanto en Boston como en Nueva York.
Paradójicamente, fueron precisamente esos encuentros, esas expresiones de dominicanidad y esas miles de banderas ondeando lejos de nuestra isla las que terminaron provocando esta reflexión.
Porque después de ver tanta República Dominicana fuera de República Dominicana, regresé con una pregunta que el Estado debería comenzar a hacerse seriamente: ¿Qué estamos haciendo hoy para que los nietos de quienes se fueron todavía quieran sentirse nuestros mañana?
El autor es Piloto, Abogado, Comunicador y Magister en Defensa y Seguridad Nacional.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

