El consenso que abrió la sucesión: quién ganó realmente en el nuevo PRM
11 Agosto 2026 Affe Gutierrez 435
Abinader se convierte en árbitro, Hipólito y Carolina conservan estructura, Collado mantiene el voto y Wellington consigue una llave electoral. El PRM evitó una guerra ahora, pero acaba de colocar sobre la mesa todas las piezas de la batalla por 2028.
Por Affe Gutiérrez
Santo Domingo. - El Partido Revolucionario Moderno hizo el pasado domingo algo mucho más importante que escoger nuevas autoridades. Dibujó, acaso sin proponérselo públicamente, el primer mapa relativamente claro de la sucesión presidencial de Luis Abinader.
La plancha de consenso dejó al presidente de la República como presidente del PRM hasta 2030; a Deligne Ascención como primer vicepresidente ejecutivo y, además, presidente de la Comisión Nacional de Elecciones Internas; a Juan Garrigó Mejía como secretario general, sustituyendo precisamente a su madre Carolina Mejía; a Gloria Reyes al frente de la Secretaría Nacional de Organización; y a Luis Delgado en la Secretaría Nacional Electoral. La fórmula fue aprobada por aclamación luego de ser concertada previamente entre las principales corrientes internas.
Que nadie se engañe con la palabra consenso. En política, el consenso no significa ausencia de intereses. Significa que los intereses encontraron temporalmente una manera de convivir. Y eso es exactamente lo que ocurrió.
El PRM no resolvió su sucesión presidencial. Lo que hizo fue evitar que comenzara a sangre y fuego dos años antes de las elecciones.
Abinader: el principal ganador
El primer ganador es Luis Abinader. No porque haya conseguido una posición que necesitara para aumentar su poder formal, sino porque se convirtió en el árbitro institucional de la sucesión.
Abinader no podrá ser candidato presidencial en 2028, pero presidirá el partido durante todo el proceso mediante el cual este escogerá a quien pretenda sucederlo. A eso hay que agregar que Deligne Ascención, colocado como primer vicepresidente ejecutivo precisamente para asumir buena parte de las labores operativas mientras Abinader atiende el Gobierno, presidirá también la Comisión Nacional de Elecciones Internas. Es una arquitectura política formidable.
El Presidente no necesita tener candidato para tener poder. Le basta con tener la capacidad de garantizar o de ser percibido como capaz de inclinar las reglas mediante las cuales será escogido. Pero ahí se encuentra también su mayor peligro.
Abinader puede terminar su mandato convertido en el gran garante de la transición democrática interna del PRM o en el sospechoso permanente de haber escogido sucesor. Entre ambas cosas existe una línea extremadamente fina.
Su mejor papel no debe ser el de gran elector, sino el de gran árbitro. Quien resulte candidato debe poder decir que ganó porque obtuvo más votos y construyó mayorías, no porque recibió una llamada desde Palacio. Ese sería probablemente uno de los mejores legados políticos que Abinader pudiera dejarle al partido que llevó al poder.
Hipólito no salió del tablero: entró con otra generación
Después de Abinader, el ganador más visible es el sector de Hipólito Mejía.
Juan Garrigó no es simplemente un joven dirigente cualquiera ocupando la Secretaría General. Es hijo de Carolina Mejía y nieto de Hipólito Mejía. Y llega exactamente a la posición que abandona su madre.
Sería injusto reducir su elección exclusivamente a su apellido. Garrigó es economista y politólogo, fue director del Bloque de Senadores del PRM, participó en las comisiones de alianzas electorales de 2020 y 2024 y ha sido viceministro de Gestión Social y Comunitaria. Hay trayectoria política y administrativa que debe reconocerse.
Pero también sería ingenuo pretender que en política los apellidos carecen de significado.
Que Carolina entregue la Secretaría General a su propio hijo y que este sea nieto de uno de los fundadores y expresidente de la República crea inevitablemente una percepción de continuidad familiar. El propio Hipólito salió inmediatamente a defender la escogencia, rechazando que se tratara de un privilegio y reivindicando los méritos políticos de su nieto.
Ahí está precisamente el desafío de Garrigó.
Tendrá que ser dos veces más institucional para que nadie pueda acusarlo de ser una vez más parcial. Si utiliza la Secretaría General para construir el partido, escuchar las bases y arbitrar equitativamente entre los presidenciables, podrá independizar políticamente su apellido de su función. Si la Secretaría termina pareciendo una extensión del proyecto presidencial de Carolina Mejía, el costo no será únicamente suyo: terminará afectando a su propia madre.
Carolina pierde una silla y gana espacio
Carolina Mejía es una de esas figuras que simultáneamente pierde y gana. Pierde el control directo de una Secretaría General que ocupaba desde 2018. Pero entrega esa posición a alguien de absoluta confianza política, personal y familiar, y queda liberada de la administración cotidiana del partido precisamente cuando necesita recorrer el país construyendo una candidatura presidencial. Eso no es una derrota. Es una transformación del poder.
Carolina deja de ser quien tiene que organizar las reuniones, administrar conflictos internos y responder por las tensiones del partido para convertirse con mayor libertad en una presidenciable.
Y la corriente histórica de Hipólito queda institucionalmente representada por una nueva generación.
Por eso considero que la facción de Hipólito Mejía sí salió fortalecida. Quizás no porque controle el PRM, sino porque demuestra que sigue teniendo capacidad suficiente para colocar una figura de su núcleo político-familiar en la segunda posición partidaria más importante.
Eso es una demostración de fuerza y poder. Pero no equivale todavía a tener los votos para ganar una primaria.
David Collado: el ausente que no está ausente
La lectura más interesante probablemente sea la de David Collado. A primera vista parece uno de los perjudicados: no aparece personalmente encabezando ninguna de las grandes posiciones partidarias.
Pero sería un error confundir ausencia de cargo con ausencia de poder. Collado llega a este momento con una ventaja que ninguno de sus competidores puede comprar con una secretaría: las encuestas. En mayo, Gallup-Diario Libre le atribuía 61.8 % de preferencia entre simpatizantes del PRM frente a 21.1 % de Carolina Mejía. En julio, otra medición de ACD Media lo colocó nuevamente primero, con 54.2 % entre simpatizantes perremeístas, mientras Carolina registraba 17.4 %. Las cifras son fotografías tempranas, no resultados electorales, pero la consistencia de la ventaja constituye un dato político imposible de ignorar.
Además, informaciones posteriores a la convención atribuyen la escogencia de Gloria Reyes en Organización a una convergencia de los equipos de Collado y Yayo Sanz Lovatón. Si esa lectura refleja correctamente los acuerdos internos, entonces Collado no quedó fuera de la estructura: entró sin aparecer directamente en la fotografía. Y eso puede ser extraordinariamente conveniente.
David continúa vendiéndose como un dirigente de perfil ejecutivo, gerencial y electoralmente expansivo, sin quedar atrapado en la administración cotidiana de las disputas partidarias. Pero tiene una debilidad. Las encuestas no votan en las primarias; votan personas organizadas.
Collado puede tener opinión pública, pero necesitará convertir popularidad en estructura territorial, dirigentes, alcaldes, legisladores, delegados y operadores políticos. Si consigue ambas cosas, será extremadamente difícil detenerlo. Si supone que una ventaja demoscópica dos años antes garantiza una candidatura, pudiera descubrir demasiado tarde que las organizaciones políticas funcionan con una lógica distinta a la de las encuestas.
Por tanto, David no salió perdiendo. Salió con un desafío: transformar electorado en partido.
Wellington mostró algo que las encuestas todavía no reflejan
Wellington Arnaud merece una lectura diferente. Según las informaciones posteriores a la convención, su coordinador político Luis Delgado fue colocado precisamente en la Secretaría Nacional Electoral. No es una Secretaría cualquiera. Organización trabaja territorio; Electoral trabaja elecciones.
Eso significa que Wellington, cuya fortaleza en las encuestas nacionales todavía está muy por debajo de Collado y Carolina, Gallup lo colocaba en mayo en apenas 0.8 % entre simpatizantes perremeístas, logró mostrar algo distinto: estructura política.
Y en unas primarias, la estructura puede convertir a un candidato pequeño en grande mucho más rápidamente que la publicidad puede convertir a un candidato popular en dirigente orgánico. Wellington no ganó la carrera. Pero consiguió demostrar que existe. Políticamente eso importa.
Gloria Reyes puede convertirse en mucho más que una representante
Hay otro error que debería evitarse: convertir a Gloria Reyes simplemente en “la ficha de alguien”. La Secretaría Nacional de Organización es probablemente una de las posiciones con mayor capacidad para construir liderazgo propio dentro de un partido. Tendrá relación permanente con las estructuras provinciales, municipales, zonales y territoriales. Acento la describe precisamente como una de las posiciones centrales por su responsabilidad sobre las estructuras partidarias.
Por tanto, quienes hoy contabilizan a Gloria dentro de una determinada corriente deberían recordar una regla antigua de la política: quien administra estructura termina construyendo estructura propia. Gloria Reyes también salió fortalecida personalmente.
¿Quién perdió entonces?
Los derrotados más claros no fueron necesariamente presidenciables.
Guido Gómez Mazara, por una posición coherente con su discurso democrático, y Jesús “Chu” Vásquez, por decir algo, defendieron que las autoridades del PRM fueran escogidas mediante el voto directo de las bases. Sin embargo, esa propuesta no prevaleció. La dirección partidaria terminó siendo definida mediante una plancha única, previamente consensuada entre los principales sectores internos y luego aprobada por aclamación. En otras palabras, esta vez se impuso el acuerdo entre las cúpulas sobre la competencia abierta de los dirigentes y militantes.
Pero existe otro potencial perdedor: la imagen de democracia interna del PRM, si el consenso termina siendo interpretado como reparto entre élites. Una cosa es pactar para evitar una guerra innecesaria y otra convertir el consenso en sustituto permanente del voto.
Y especialmente delicada será la imagen de una Secretaría General que pasa de madre a hijo. Podrán existir todos los méritos objetivos, y existen, pero la política también se construye sobre percepciones. El PRM tendrá que demostrar que escogió dirigentes, no herederos.
¿Hay que repartir el Gobierno entre los presidenciables? No.
Aquí el PRM podría cometer su error más grave. El Gobierno no puede convertirse en un pastel dividido proporcionalmente entre Carolina, David, Wellington, Yayo o cualquier otro aspirante.
Distribuir cargos públicos por cuotas presidenciales significaría iniciar oficialmente la campaña dentro del Estado dos años antes de las elecciones. Cada ministerio terminaría convertido en un comando; cada dirección general, en una estructura; cada funcionario, obligado a escoger padrino. Eso destruiría la autoridad presidencial y deterioraría la gestión.
¿Hay que mover funcionarios? Probablemente sí. Todo Gobierno que entra en la segunda mitad de un segundo mandato necesita oxigenación, evaluación y renovación. Hay funcionarios agotados, instituciones que requieren mayor dinamismo y áreas en las que el ciudadano puede estar esperando respuestas diferentes.
Pero los cambios deben hacerse por resultados, eficiencia, integridad, capacidad de ejecución y conexión ciudadana, no preguntándole previamente al funcionario si pertenece a Carolina, David o Wellington.
El día que el Gobierno empiece a repartir ministerios entre presidenciables, el PRM habrá comenzado a abandonar el poder antes de perder las elecciones.
¿Ya hay que definirse? Políticamente sí; gubernamentalmente no
Las estructuras ya están definiéndose. Pretender detener eso sería desconocer la naturaleza misma de la política. Pero existe una diferencia enorme entre permitir que los aspirantes construyan proyectos y obligar al Gobierno completo a tomar partido.
El 2026 debería ser el año de organizar las reglas, no de incendiar las instituciones. El PRM debería establecer desde ahora un padrón confiable, reglas transparentes, calendario conocido, mecanismos de fiscalización y garantías de igualdad entre los competidores. Los aspirantes pueden organizarse; los funcionarios pueden tener simpatías; pero el aparato estatal no debería convertirse todavía en maquinaria sucesoral. La definición masiva puede esperar. Primero deben existir reglas capaces de sobrevivir al resultado.
La oposición está mirando
Todo esto ocurre mientras Fuerza del Pueblo y PLD tampoco están dormidos. El mismo fin de semana de la convención, Leonel Fernández estuvo incorporando dirigentes provenientes incluso del PRM y del PLD, mientras el partido morado desplegó una jornada territorial en 164 puntos del país.
Y existe un dato que el oficialismo debería colocar sobre la mesa cada vez que alguien crea que 2028 está ganado. Gallup encontró en mayo al PRM encabezando la simpatía partidaria con 30.4 %, mientras Fuerza del Pueblo y PLD rondaban cada uno el 19 %. Una medición de ACD Media publicada en julio colocó al PRM en 29.1 %, a Fuerza del Pueblo en 20.9 % y al PLD en 15.3 %. Son metodologías y momentos distintos, pero ambas fotografías dicen esencialmente lo mismo: el PRM continúa primero, pero no existe una mayoría automática de primera vuelta.
Y hay que entender algo más. FP y PLD separados pueden beneficiarle enormemente al PRM. FP y PLD coordinados podrían construir un escenario completamente distinto. Eso no significa sumar matemáticamente sus porcentajes. Los votos nunca se transfieren íntegramente entre partidos adversarios. Pero sería irresponsable que el PRM diseñara su estrategia suponiendo que la división nacida entre Leonel Fernández y el PLD será eterna. El oficialismo no puede apostar su continuidad a que sus adversarios continúen odiándose. Tiene que apostar a merecer ganar.
El verdadero enemigo del PRM está dentro del Palacio
No es Leonel. No es el PLD. Ni siquiera es la sucesión. Es el desgaste. El elector que llevó al PRM al poder en 2020 no necesariamente estará dispuesto a renovarle el contrato en 2028 simplemente porque el candidato lleve el mismo logo.
La oposición intentará convertir cada apagón, cada problema de seguridad, cada dificultad económica, cada deficiencia hospitalaria, cada carretera deteriorada y cada funcionario cuestionado en un argumento para afirmar que el ciclo del “cambio” terminó.
Por eso la mejor estrategia electoral del PRM durante los próximos dieciocho meses no tiene necesariamente forma de mitin. Tiene forma de buen Gobierno.
El consenso compró tiempo; ahora hay que saber utilizarlo
Abinader ganó el arbitraje. Hipólito ganó presencia. Carolina ganó libertad y continuidad estructural. Juan Garrigó ganó una plataforma formidable, acompañada de una enorme obligación de demostrar independencia. Gloria Reyes ganó territorio. Wellington ganó una puerta dentro de la arquitectura electoral. David Collado conservó algo que ninguno de los demás puede entregarse mediante consenso: una ventaja importante en el electorado.
Nadie ganó todavía la candidatura. Y quizás precisamente por eso la fórmula fue inteligente. El problema comenzará cuando alguno confunda la silla que obtuvo con una corona.
El PRM tiene ante sí una oportunidad histórica: convertirse en uno de los pocos partidos dominicanos capaces de administrar una sucesión presidencial desde el poder sin autodestruirse. Para lograrlo, Abinader tendrá que resistir la tentación del dedo; Carolina tendrá que permitir que su hijo sea secretario de todos; Collado tendrá que convertir popularidad en organización; Wellington tendrá que convertir organización en votos; Gloria deberá administrar el territorio sin sectarismo; y todos tendrán que comprender que después de las primarias necesitarán nuevamente sentarse en la misma mesa. El consenso del domingo no terminó la guerra por 2028.
Simplemente acordó dónde, cuándo y bajo qué techo comenzará.
Y si el PRM entiende esa diferencia, puede llegar competitivo al 2028. Si convierte desde ahora cada ministerio en una trinchera, cada nómina en una cuota y cada funcionario en soldado de un presidenciable, Fuerza del Pueblo y PLD no tendrán que derrotarlo.
Les bastará con esperar que se derrote solo. Para que no se repita.
El autor es Piloto, Abogado, Comunicador y Magister en Defensa y Seguridad Nacional.
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