Teoría y Práctica

10 Marzo 2026   José Darío Cruz Pimentel   637

Teoría y Práctica

Lo que hace apenas diez días era una posibilidad discutida en círculos académicos y de inteligencia, es hoy una realidad incandescente. La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha entrado en su novena jornada, y con ella, el mundo que conocíamos —aquel orden liberal imperfecto, pero con reglas— ha recibido una herida que parece mortal 

La operación militar, impresionante en su ejecución técnica, es un misterio en sus fines, lo que comenzó como una narrativa de "defensa preventiva" contra el programa nuclear iraní se ha transformado rápidamente en un vendaval de objetivos contradictorios. Las declaraciones de la administración Trump oscilan entre la destrucción de capacidades militares, la rendición incondicional de Irán y la tentación, siempre peligrosa, del cambio de régimen al estilo venezolano.

Israel, por su parte, ha dejado claro su objetivo existencial: "poner fin a la amenaza del régimen de los ayatolás". La eliminación de altos mandos y del propio Líder Supremo, AlíJamenei, así lo confirman, sin embargo, la coalición victoriosa empieza a mostrar fisuras en la definición de "victoria". Mientras Israel busca una reconfiguración radical de su vecindario, Estados Unidos parece no tener un "libro de jugadas" claro, más allá de la contundencia militar inicial.

Las consecuencias inmediatas son un mapa regional incendiado. El conflicto ya no se limita a Irán e Israel. Los ataques se han extendido a más de 15 países. Líbano ha reabierto el frente norte de Israel con Hezbolá. Las infraestructuras energéticas de Arabia Saudita y Qatar han sido alcanzadas. Hasta un buque de guerra iraní fue hundido por un submarino estadounidense frente a las costas de Sri Lanka. El mensaje es terrorífico: no hay santuarios, no hay líneas rojas. La globalización, aquel sueño liberal de interdependencia pacífica, se ha convertido en una red de vulnerabilidades interconectadas.

Y en el centro de todo, el Estrecho de Ormuz, por donde fluye la energía del mundo, se ha convertido en un "punto de inflexión geoestratégico". No hizo falta un ataque directo para cerrarlo. Bastó con que las aseguradoras, en un acto de puro realismo capitalista, declararan la ruta "inasegurable".

Cuando la Geopolítica Golpea el Bolsillo

Y es aquí, en este punto, donde la tragedia global se vuelve local. Desde mi escritorio en Santo Domingo, leyendo los partes de guerra y los informes del Banco Central, me pregunto: ¿Somos conscientes de hasta qué punto nuestra vulnerabilidad ha quedado expuesta?

Somos una economía pequeña, abierta y, seamos honestos, profundamente dependiente, no producimos petróleo, no producimos gas, importamos casi toda nuestra energía y la una buena parte de los alimentos que consumimos. Esto, que ha sido una fuente de crecimiento en tiempos de paz global, se convierte en nuestra principal debilidad en tiempos de guerra.

Los efectos ya están aquí. No son una proyección para dentro de seis meses. Son una realidad que está golpeando a las familias dominicanas ahora.

La paralización de facto de Ormuz y la prima de riesgo disparada han elevado el precio del petróleo Brent a un rango de entre 110 y 130 dólares por barril, según proyecciones de Goldman Sachs. Esto no es una estadística. Es el aumento del costo del transporte público, el incremento en la factura de la luz (en un sistema eléctrico que ya es una hemorragia fiscal) y el encarecimiento de cada producto que llega a los mercados, el país necesita un plan de contingencia urgente. La inflación importada, ese fantasma que creíamos controlado, amenaza con devorar el poder adquisitivo de los más vulnerables.

El maíz, la soya, los fertilizantes. El Clúster Avícola Dominicano ya alerta de aumentos en sus insumos que rondan el 20-30% . Esto significa pollo más caro, huevos más caros, pan más caro. 

El encarecimiento de los vuelos, la recesión global que se avecina y la simple percepción de un mundo en llamas pueden enfriar la llegada de visitantes. Ya vimos, con el conflicto ruso-ucraniano, cómo una guerra puede secar flujos enteros de turistas de la noche a la mañana.

A corto plazo (días o semanas), la guerra continuará con alta intensidad. La dinámica militar tiene su propio impulso. Los expertos indican que las reservas de municiones de precisión y la capacidad de resistencia de ambos bandos serán un factor clave. Un escenario ideal para EE.UU. sería un colapso rápido de la capacidad de resistencia iraní, pero eso está lejos de garantizarse. Para República Dominicana, esto significa más presión alcista en los precios del petróleo y, por ende, en la inflación. El gobierno se verá forzado a aumentar los subsidios a los combustibles y la electricidad, engordando un déficit fiscal que alguien tendrá que pagar.

mediano plazo (semanas a meses), el panorama es más sombrío. El analista de Chatham House, Marion Messmer, lo dijo claramente: el conflicto envía el mensaje de que "las negociaciones pueden ser rápidamente reemplazadas por la fuerza" . Esto es una victoria póstuma para el realismo más crudo, pero una derrota absoluta para la estabilidad global. Para nosotros, el riesgo es doble:

Si el conflicto se prolonga y Ormuz sigue cerrado, la desaceleración económica global será inevitable. Menos crecimiento en EE.UU. y Europa significa menos turismo, menos inversión y menos exportaciones para República Dominicana. Las pérdidas por la caída del turismo ruso y ucraniano (estimadas en más de US$200 millones si el conflicto se prolongaba) son un aviso de lo que puede venir, pero a una escala mucho mayor .

Y nosotros, aquí en República Dominicana, pagaremos esa factura en cada viaje al colmado, en cada recibo de la luz, en cada intento de llegar a fin de mes. La crisis de Ormuz nos ha recordado una verdad incómoda que nuestro optimismo tropical tiende a olvidar: en un mundo fracturado, la vulnerabilidad no se mide en distancia, sino en dependencia.

La pregunta que debemos hacernos como nación no es cuándo terminará esta guerra, sino qué haremos para que la próxima no nos encuentre igual de desvalidos. Acelerar la transición energética, diversificar mercados, fortalecer la producción local de alimentos. No es idealismo; es la forma más pura de realismo estratégico para una pequeña nación en un mundo que ha decidido incendiarse.