3.2 millones evacuaron, pero el simulacro todavía no termina
14 Septiembre 2026 13
El pasado martes, República Dominicana volvió a movilizarse durante el Simulacro Nacional de Evacuación por Terremoto organizado por el Centro de Operaciones de Emergencias (COE). De acuerdo con los datos preliminares ofrecidos por su director, Edwin Olivares, alrededor de 3.2 millones de personas participaron en el ejercicio, con más de 12,500 instituciones, empresas y centros educativos registrados, superando considerablemente la participación alcanzada en años anteriores.
Las imágenes fueron similares en todo el país: alarmas activadas, brigadistas identificados, miles de colaboradores abandonando sus lugares de trabajo, puntos de reunión llenos, fotografías institucionales, publicaciones en redes sociales. Incluso se reportaron situaciones que merecen ser analizadas, incluyendo una persona lesionada durante el proceso de evacuación. Todo eso forma parte de la información que deja un ejercicio de esta magnitud.
Sin embargo, ahora que pasó la euforia, surge probablemente la pregunta más importante: ¿qué vamos a hacer con todo lo que descubrimos?
Un simulacro no termina cuando el último colaborador llega al punto de reunión ni cuando se autoriza el retorno a las instalaciones. Precisamente ahí comienza una de sus etapas más importantes: evaluar lo ocurrido, identificar las desviaciones, determinar sus causas, establecer acciones correctivas, asignar responsables, definir fechas de cumplimiento y posteriormente verificar que aquello que falló haya sido corregido.
Cada empresa debería realizar una reunión posterior con los responsables de emergencia, brigadistas, Seguridad y Salud en el Trabajo, mantenimiento, seguridad física, recursos humanos o cualquier otra área involucrada. No se trata de reunirse para decir que “todo salió bien”, sino de reconstruir críticamente el ejercicio: cuánto tardamos, dónde se produjeron congestionamientos, cuáles personas desconocían las rutas, quiénes regresaron a buscar pertenencias, cuáles puertas dificultaron la salida, cómo funcionó la alarma, qué ocurrió con visitantes o contratistas, cómo actuó la brigada, si el conteo en el punto de reunión fue efectivo, además de cualquier incidente o lesión ocurrida durante la evacuación.
Una caída durante un simulacro, por ejemplo, no debería quedar registrada simplemente como “una persona se cayó”. Es necesario determinar por qué ocurrió. ¿Había un obstáculo?, ¿la superficie estaba en malas condiciones?, ¿existió aglomeración?, ¿las personas estaban corriendo?, ¿faltó orientación de la brigada?, ¿la ruta seleccionada era realmente segura? Cada respuesta puede revelar una vulnerabilidad que durante un terremoto verdadero tendría consecuencias mucho mayores.
Con toda esa información debe construirse un plan de acción post simulacro, donde cada hallazgo tenga una medida correctiva, un responsable, una fecha de cumplimiento y un mecanismo para comprobar posteriormente su implementación. Si encontramos una señalización deficiente, debemos corregirla; si la alarma no fue escuchada en determinada área, debemos intervenir el sistema; si la brigada mostró debilidades, corresponde entrenarla; si hubo congestionamiento, debemos revisar las rutas; si el personal no conocía qué hacer, necesitamos fortalecer la capacitación. Encontrar una falla sin corregirla convierte el aprendizaje en una oportunidad desperdiciada.
También debemos evitar obsesionarnos exclusivamente con el tiempo de evacuación. Salir más rápido no necesariamente significa evacuar mejor. Una organización puede reducir varios segundos mientras las personas corren, se empujan, utilizan rutas incorrectas o llegan al punto de reunión sin ningún mecanismo efectivo para saber quién salió, quién falta o quién podría permanecer dentro de la instalación. El tiempo es un indicador importante, pero nunca debería evaluarse aislado de la seguridad del proceso.
La participación alcanzada en este sexto simulacro representa un avance importante para la cultura preventiva de República Dominicana. Movilizar millones de personas alrededor de un mismo ejercicio permite colocar durante algunos minutos la preparación ante terremotos en la conversación nacional. El reto comienza ahora, cuando desaparecen las cámaras, se guardan los chalecos de las brigadas y todos regresan a sus actividades habituales.
La semana pasada dijimos que durante un simulacro tenemos permiso para equivocarnos, porque podemos descubrir nuestras debilidades sin enfrentar las consecuencias de una emergencia verdadera. Ahora corresponde completar esa idea: tenemos permiso para equivocarnos durante un simulacro, pero no para identificar el error y dejarlo exactamente igual.
La alarma dejó de sonar, el simulacro terminó, pero las oportunidades de mejora siguen ahí, porque el verdadero éxito no está en cuántas personas evacuamos, sino en nuestra capacidad para corregir lo que falló antes de que llegue una emergencia real, cuando equivocarnos ya no será parte del ejercicio.

